Food freedom is having a choice


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My eating disorder taught me that I didn't have to be behind bars to experience lack of freedom. I was at war with what I ate and my body for more than 15 years, and for me this was like being in a prison. My whole life experience was determined by what I ate and how big or small my body felt. I was a victim of my limiting thoughts and beliefs. It felt like I had no choice. This obsession negatively impacted my health, relationships with men, family and friends, as well as my professional life.

At age 30 I hit bottom and made a decision to get out of the black hole. This is when my desire to be sane and happy got stronger than my desire to eat perfectly and correct my body. All I wanted was to shut down the voice in my head and feel sane and healthy. I didn't want to cry and isolate anymore. I wanted food freedom.

The journey towards food freedom is rocky, confusing and painful. I see this in my personal experience and my current work with women as a health coach focused on eating disorders and unwanted habits around food. When I was in recovery, I thought food freedom meant finally being able to eat like a normal person. I thought it was miraculously gaining more willpower or self-control.

I was wrong. It was harder than that. One of the most important lessons my journey has taught me is that food freedom is actually having a choice. Those with an eating disorder know that the obsession and insanity feel like our destiny. It feels like we have no choice. There’s no hope.

In A Man’s Search for Meaning, Austrian psychiatrist and Holocaust survivor, Viktor Frankl wrote that “between stimulus and response there is a space. In that space is our power to choose our response. In our response lies our growth and our freedom.” In an eating disorder there’s no space between the stimulus and the response. There’s only one choice: restricting, purging, binge eating, isolating, over exercising, etc. I learned that food freedom starts happening when we surrender and are willing to look for mechanisms that allow us to widen the gap between the stimulus and the response.


These mechanisms are any tool, group, practice or resource that centers you and gives you that pause or millisecond that opens the door to make a choice. Food freedom doesn’t mean common triggers like stress or the unpleasant things in life disappear. It means that you’re able to pause and choose to either go ahead with the harmful behavior or make a wiser, kinder choice.

In practice, food freedom is a state in which you're able to enjoy food and people around you. You aren't obsessed with dieting and restriction. You forgive yourself when you've eaten "too much" and don't try to “correct” it for the sake weight-loss. It's accepting that sometimes the “cake” is the right thing to eat. It's feeling sane around food.

It's accepting your body's perfect imperfection. You're free from the food obsession when a number on the scale is not the base of your food choices, but rather physical, emotional and mental nourishment. It's discovering who you are outside of the food obsession. It’s feeling comfortable in your own skin.

While eating disorders are a complex puzzle and the journey of recovery isn’t the same for everyone, we only start getting a taste of food freedom when we realize that we do have a choice.

I figured it out and I want to help you do the same. Download my free guide with more steps on how to feel sane around food again here.

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Entender que sí tenía opciones sanó mi relación con la comida

La bulimia me enseñó que no tenía que estar tras las rejas para experimentar la falta de libertad. Estuve en guerra con lo que comía y mi cuerpo durante más de 15 años y se sentía como estar en una prisión.

Toda mi experiencia de vida estaba filtrada por lo que comía y lo grande o pequeño que se sentía mi cuerpo. Estaba atrapada en mis pensamientos y creencias limitantes. Esta obsesión afectó negativamente mi salud, mis relaciones con hombres, familiares y amigos, así como mi vida profesional.


A los 30 años toqué fondo y tomé la decisión de salir del hueco negro en el que estaba. En ese punto, mi deseo de sentirme cuerda y feliz se hizo más fuerte que mi deseo de comer perfectamente y controlar la forma de mi cuerpo. Todo lo que quería era apagar la voz en mi cabeza y sentirme sana y tranquila. No quería llorar y aislarme más. Quería cordura.

El camino hacia la cordura alrededor de la comida está lleno de obstáculos, es confuso y doloroso. Veo esto en mi experiencia personal y mi trabajo con mujeres como health coach especializada en desórdenes alimenticios y trastorno por atracones.

Al inicio de mi proceso de recuperación, pensé que la meta era finalmente poder comer como una persona normal. Pensé que se trataba de milagrosamente tener más fuerza de voluntad o autocontrol.

Estaba equivocada. Fue más difícil que eso. Una de las lecciones más importantes que este recorrido me ha enseñado es que el cimiento de una relación sana con la comida está en la consciencia de que tenemos opciones. En un desorden alimenticio pareciera que la obsesión y la locura fueran el destino, la única opción.

En "El hombre en búsqueda de destino", el psiquiatra austriaco y sobreviviente del Holocausto, Viktor Frankl, escribió que "entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio está nuestro poder para elegir nuestra respuesta. En nuestra respuesta se encuentra nuestro crecimiento y nuestra libertad". En un trastorno alimenticio no hay espacio entre el estímulo y la respuesta. Solo hay una opción: restringir, usar laxantes, comer en exceso, aislarse, hacer ejercicio en exceso, etc. Aprendí que la relación con la comida empieza a sanarse cuando nos rendimos y estamos dispuestas a buscar mecanismos que nos permitan ampliar ese espacio entre el estímulo y la respuesta. A esto lo llamo la "Pausa Milagrosa."

Estos mecanismos son cualquier herramienta, grupo, práctica o recurso que nos centren nos ayuden a crear esa pausa o milisegundo que abre la puerta para tomar una mejor decisión. Sanar la relación con al comida no significa que gatillos comunes como el estrés o las cosas desagradables de la vida desaparecen. Significa que podemos hacer una pausa y elegir seguir adelante con el comportamiento dañino o hacer una elección más inteligente y beneficiosa.

En la práctica, una relación sana con la comida es un estado en el que puedes disfrutar de lo que comes y de las personas que te rodean. No estás obsesionado con la dieta y la restricción. Te perdonas a ti misma cuando comes "demasiado" y no intentas "corregirlo" por el simple hecho de perder peso. Es aceptar que a veces está bien comer pastel. Es un estado en que te sientes cuerda. También es aceptar la perfecta imperfección de tu cuerpo.

Has alcanzado la cordura alrededor de la comida cuando un número en la balanza no determina si comes o no. El criterio es más bien la nutrición física, emocional y mental. Es descubrir quién eres fuera de la obsesión por la comida.

Si bien los trastornos alimenticios son un rompecabezas complejo y el camino de la recuperación no es el mismo para todos, solo comenzamos a saborear la tranquilidad cuando nos damos cuenta de que sí tenemos opciones.

Lo descubrí y quiero ayudarte a hacer lo mismo. Descarga mi guía gratuita en español con más pasos sobre cómo sentirse cuerda con la comida aquí.

La información proporcionada en este post y a través de este sitio web es solo para fines educativos e informativos, y solo es una herramienta de autoayuda para tu propio uso.

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